miércoles, 5 de junio de 2013

Manhattan, Mayo 2013

                                                               Manhattan, Mayo 2013
Día 1:
“Mantenga el control sobre sus artículos personales. Si se hallan descuidados pueden ser revisados por personal aeroportuario; no reciba paquetes de extaños”, repite una voz femenina, una y otra vez en el aeropuerto de Miami, que parece más grande y frío en mi soledad. Ni las gotas homeopáticas me sacan la angustia que me provocan estos espacios militarizados donde la gente circula sin parar, sospechada de terrorismo. Para el sistema todxs somos posibles terroristas; lxs blancxs, lxs afro, lxs latinxs, lxs vikingxs: nos hacen descalzar, quitarnos los cinturones y nos “invitan” a meternos en una cápsula de cristal que alerta a todos cuando un jean tiene más cremalleras que el resto, o una es tan marica que osó colgarse un dije con una cadenita. Todo es peligroso, todo atenta contra la seguridad nacional.
Ya en el aeropuerto JFK de Nueva York, domingo trasnoche lluvioso, unas cuantas culonas -de ahora en mas sospecho que voy a ver muchas culonas- dos tipos altísimos y cinco o seis orientales esperamos las valijas al lado de las cintas transportadoras. http://www.youtube.com/watch?v=gDBZZ3uvimE Como sucede en Aeroparque y en la estación de micros de Retiro, hay largas filas de personas esperando un taxi. A mi me toca un auto enorme, tipo combi, manejado por un indú con turbante. Quienes dicen que los tacheros en Argentina son abusivos y te pasean, bueno, sepan que en Nueva York pasa lo mismo y se aprovechan de lxs turistas: te agregan más propina de la que corresponde y como todo es tan nuevo, tan automático con monitores touch screen en los autos y unx que se siente tan sudaca... te re cagan desde arriba del Empire State.
Llegué a la gran manzana con una barba crecidísima, una especie de mujer barbuda de pelo largo y flequillo, una data difícil de procesar hasta para lxs neoyorkinxs, acostumbrados a todo tipo de freaks. Llego al departamento en East Village. Llovizna, frio... clima inhóspito. La mujer que me alquila el cuarto me atiende semi dormida, me da un vaso con agua y las llaves. “Oye, Juan, si quieres comer, aquí a la vuelta tienes de todo”. Dicho y hecho, elegí un restaurante tipo árabe, con aroma a pan fresco, atendido por dos chicas que fuman en narguile.

Trasnochado y caliente, juro que visitaré un museo si y solo si pruebo carne yanki -cuatro días sin verle la cara a dios-.
No Pasar


Día 2: Me levanto temprano y salgo a buscar un chip local, para evitar que Personal me cobre lo que a ellos se les antoja por llamadas al exterior. Logro comunicarme con mis amigos que ya estaban en Manhattan. Alina Perkins, la cantante del grupo pop Lavial y miembra de las performers “Conchetinas” y su novio Nicolás Grimaldi -bajista de Miranda- ya hacía varios días que estaban en Nueva York, acompañados por Sofía Vítola, también de Lavial. Una vez contactados, salí de compras a lugares súper recomendados. http://www.youtube.com/watch?v=ybjpIt9oPuo El primer lugar, fue el local de Patricia Field, la estilista de Sex & the City. Una gran maricoteca exagerada de colores shocking, bijouterie de strass, gorras de baseball afeminadas y vendedores cool. Me atendió Kevin, un chico de no más de 20 años, hijo de Salvadoreños que no habla nada de español salvo que se sienta en confianza, según sus propias palabras. Vestido con un short de jeans mínimo, remera pupera y enormes zapatillas, Kevin fue el primer hombre -biológico- con el que hice contacto. Experto, sólo me mostró tres cosas: todas me iban perfecto, todas fueron adquiridas en ese mismo momento. En la caja nos pasamos nuestros facebooks, teléfonos y otros datos, mientras la cajera -un maricón anglosajón feo y amargado- sumaba las prendas. Celosa, cuando se percató de la onda que había entre vendedor/cliente, le recriminó el haber llegado tarde ese día y amenazó con echarlo. “Bad taste”, le dije, tipo indio, y me fui.
En la noche fuimos al Hotel Carlyle, a escucha y ver a Woody Allen con su banda. Tomamos unos tragos antes; debo reconocer que he tomado mejores Negronis en Buenos Aires. El maître nos preguntó varias veces si estábamos al tanto del valor de las entradas, le contestamos varias veces que si. Varias veces son cinco veces, demasiadas, primero pensé que era porque nos veía cara de sudacas, o de pobres, o era homofóbico, o travestofóbico -eramos dos mujeres travestis, un hombre hetero puto y un hombre travesti-. No. Luego entendimos que nos quería decir que era mucha plata para ver a Woody dormir hasta que le tocara su turno para soplar el clarinete. Soon-yi lo tiene a mal traer, nos dijo uno de los mozos. Ah, me olvidaba de acotar que todo el mundo habla español.
Woody Allen duerme en el Hotel Carlyle


Día 3: Me despierto de mal humor. Prendo la radio. http://www.youtube.com/watch?v=wRTZUw28ASk Leo las anotaciones mala onda que hice en mi libretita de recién separado: “¿Con quién me turno para cuidar las valijas mientras voy al baño?” “¿Quién me va a golpear la espalda si me atraganto?” “¿A quién le doy la mano en pleno vuelo?” “Cuando lo tuve, lo descuidé, me castigo, una y otra vez, gotitas, bolitas, pastillitas, nada me cura el alma marchita”. Me fumo un porro -la mujer que me alquila el cuarto se las rebusca vendiendo flores de cannabis de primera calidad- y nos encontramos con los amigos en el Central Park. Comí un pretzel con verduras bajo el sol, como en las películas. Todo en Manhattan es como en las películas. Pasamos por algunos negocios de música, compré el disco de Bowie que me había encargado mi hermana y me fui a descansar al cuarto. En la noche, recital en el Madison Square Garden. Entendí mal, pensé que era The Kills. Ya adentro, me desayuno que eran “The Killers”. Banda hétero aburrida con poco arte y menos innovación. Pero lo pasamos bien con las amigas. Terminamos comiendo en un restaurante chino, atendido por una loca oriental de pelo largo que nos invitó a una fiesta. Sigo sin coger.
Sigo en el 5G

Día 4: Las amigas me despiertan, no hay tiempo que perder. Me informan que hace calor, que la calle arde. La mujer que me alquila el cuarto escucha muy buena música, recordé y puse un disco de Jill Scott. Golden es una buena canción para empezar el día. http://www.youtube.com/watch?v=4QCXr79Rkcw. Abro el Grinder; se descontrola, se abren y se cierran ventanas; las locas aparecen como hongos por todos lados, nadie me interesa, todas musculocas, todas desesperadas, todas solas, toda soledad. La música feliz no combina con mi cara de “no cojo”. Me afeito, cambio la foto. A los minutos -no exagero, evidentemente hay algo con la barba- me saluda Greg, un muchacho relacionista público de 27 años que estaba muy cerca. 
Propuse a las amigas visitar el Metropolitan Museum, que según me avisó Laura Ramos por mail, acababa de inaugurar una muestra sobre el movimiento punk y su influencia en la moda. Lloré al ver el vestido de Alexander McQueen, lo admito. Extenuado tras recorrer parte del museo, volví al departamento de East Village. La dueña seguía brillando por su ausencia, así que aproveché para echar una mirada a su biblioteca. Un libro fotográfico sobre el punk me llamó la atención; un porro enorme y un decaf en vaso de pástico -tipo los que usaba Aly McBeal para beber café mientras caminaba-, me vinieron bien para bajar el ritmo. Sorpresa me llevé cuando en una foto central estaba mi locataria junto a otras miembras de una banda de chicas punkeras. ¿Qué pasó para que una bajista de rock callejero termine siendo una académica que gusta pasar horas del día compartiendo un jardín comunitario con una tortuga que come pasto y caga como si fuera un perrito? Las maricas me llaman para ir a comer a La Esquina. Ducha rápida y voy. Exquisitos burritos en uno de los lugares más exclusivos de Manhattan, donde se comen delicias mexicanas de parado; a menos que uno haya reservado para poder acceder al subsuelo, espacio -según cuentan- plagado de celebridades. Camino a casa, en un televisor le la noticia en el graph: habían matado a Marc Carson, joven gay afrodescendiente. Pasó muy cerca de donde estoy escribiendo estas líneas. Se me erizó la piel. ¿Aquí los medios hablan de inseguridad?
Salomé, por Henri Regnault, 1870. Metropolitan Museum,

Día 5: La mujer que me alquila el cuarto es muy silenciosa, como si ya hubiera hecho demasiada bulla en su vida. Tierna, pequeña, cálida, esta chilena amorosa me convidó con un decaff colombiano con leche de almendras avainillada y me hizo un lugar a su lado en un cómodo sillón verde. Quiero hacerte ver algo, dijo, y me señaló tímidamente su computadora. Poly Styrene, una chica hermosamente fea, dulce, canta “Germ free adolescence” http://www.youtube.com/watch?v=DGROSJbCPV8. Tomé su mano, escuché atentamente esa belleza salvaje, callejera, lloré. Me contó que Poly murió. Supongo que estará mejor donde está ahora, le dije, ya todo está tan para la mierda... Recordé a Marc, la loca que mataron el día anterior, por puto, por negro, por disidente, por ser un cuerpo extraño en esa ciudad malcriada, acostumbrada a los brillos dorados hollywoodenses. Porque Manhattan brilla tal cual como lo hace en las películas, Manhattan es una estrella en sí misma, es una estrella toda, toda puta, toda fina, toda perfecta, con los colores y los brillos donde deben estar y con los muertos en el placard. Hablamos de los amigos del punk, de Lux Interior y The Cramps, de Cid Vicious, de la extraña mezcla entre el reggae y el punk, de la que surgen bandas como Madness y The Specials, de la belleza andrógina de Siouxie, la masculinidad perversa de Billy Idol. Vimos fotos de chicos y chicas maquilladxs que posan al lado de rockolas, en tiendas de ropa, en sótanos incendiados, siempre cobijados incómodamente bajo la imagen pública negativa que tenía la movida en su apogeo. Muchachos afeminados, muchachos súper machos, chicas afeadas con tizne en la cara, chicas hermoseadas con purpurina y glow, todxs parecen felices, en medio de paredes mugrientas, mucho incendio en esa época; todos sobrevivientes excluidos de una sociedad en llamas. La mujer que me alquila el cuarto fue bajista, si, de una banda muy conocida y departió con todos los que veo en las fotos. Gozo, me identifico totalmente, pienso que cuando yo sea viejo veré fotos de mis amigxs con quienes jugamos tanto, mariconeamos y la rockeamos hasta descostillarnos de la risa. Escuchamos “Strange little girl”, le cuento que me siento muy identificado, que llegué a una ciudad muy grande siendo muy chico, que sobreviví, y que me siento ya un poco cansado. http://www.youtube.com/watch?v=PFmGV_UY548 Esa noche voy a soñar con Billy Idol y Jean-Jacques Burnel de The Stranglers me besan en la boca mientras Siouxsie me penetra con algo.
Foto de muchacha que toma foto a jóvenes que toman foto a la luna sobre el edificio

Día 6: Llueve. http://www.youtube.com/watch?v=9OFpfTd0EIs Me siento muy solo, triste, sin ganas de nada. Un porro, de nuevo, ahonda esa sensación de vacío, de falta. Billy Idol, amor mío, dónde está mi Billy Idol, dios mío ¿cuánto más te esperaré? Me hago viejo! No ves que me hago viejo esperándote??? Ya no me quedan más lágrimas por llorar.
Me miro al espejo, me pongo la ropa que le compré a Kevin. Pienso en él. No voy a molestarlo; él no es Billy, no es Jean-Jacques, ni Paul Weller. La llovizna es persistente, doy vuelta a la manzana y pido un decaff con leche de soja. Cruzo a un local de ropa vintage; me atiende una loca de más de 60, con la cara llena de cirugías, extranjero, con acento alemán o austríaco. Mi mira de arriba abajo y sin decirme una palabra me acerca del fondo unas perchas con unas camisas bordadas estilo far west increíbles. También trae unos pantalones ajustados de gabardina. Se lo agradezco en un escueto inglés. En el probador la ropa adquiere otra dimensión; todo parece estar hecho a mi medida; la loca me arregla cortésmente el pantalón, mete los dedos para probar si son o no mi talle, me toca el bulto, me dejo, no me importa, que toque nomás. Muchas gracias, me llevo ésto: son 220 dólares las 5 prendas.
Vuelvo rápido para corroborar que llegó una pareja de locas amigas: un hondureño descendiente de palestinos con nacionalidad norteamericana -chico genio que se dedica a crear apps para celulares que factura millones por cada aplicación que crea- y un peruano de un metro noventa, rubio, modelo, bello y gatuno tan malcriado como Manhattan. Las tres fuimos a pasear random, sin lugar fijo. Comimos unos sánguches de falafel que me hicieron acordar a los de milanga que comía en el Mercado Armonía de Santiago del Estero. El eructo de ambos es el mismo: ajo y perejil frito.
Por la noche fuimos a The Westway, un club cerca de una zona portuaria o algo similar. Entre los porros y la cerveza fui más acarreado que guiado. Camino al antro pasamos por una callejuela con una hilera de camiones de Fedex estacionados; cuando íbamos por la mitad de la formación salió una loca regordeta relamiéndose la boca. No pudimos ver al camionero, pero sospechamos que pudo dormir descargado esa noche. Los erectores de pezones vienen bien para caminar por esas zonas plagadas de camiones y camioneros calientes. http://www.youtube.com/watch?v=C2AxWPQVOBA. El antro estaba repleto de gente, en el medio, unas tarimas con chongos en pelotas. Las travas, los putos y las chichis circulaban alrededor como adorando esos cuerpos transpirados. Mucho de lo mismo, pensé, y salí a la calle. A doscientos metros, un muchacho afro de no más de 22 años descargaba un camión. Le sonreí, aunque no fuera Billy Idol. La vista de Manhattan desde arriba de un camión es algo inexplicable. Quise sacar el teléfono de mi cartera para inmortalizar el momento y el chongo pensó que iba a sacar un arma o algo así, por lo que terminé a pata, solo, a 35 cuadras del antro, al que tuve que volver caminando. Nadie me quita lo bailado.
Streapers en The Westway

Día 7: La mujer que me alquila el cuarto llegó justo cuando me desperté. Bajé rápido a buscar mi decaff; tenía antojo de muffin de banana con canela, que sabe igual al budín de pan de bananas que hacía mi tía Chola. Mientras esperaba mi café escuché que una mujer preguntaba al cajero si conocía un departamento grande, cerca de allí, para alquilarlo y así poder alojar durante una jornada de grabación al elenco de una publicidad. Me pareció adecuado -en Buenos Aires lo hacemos todo el tiempo- ofrecer el departamento donde estoy alojado, algo que le vendría muy bien a mi nueva amiga ex punk. Me miraron como se mira a un desubicado. Ups. Ahí aprendí que el estereotipo de productora morocha de tez pálida vestida de negro con anteojos de marco ancho y rictus de mal culiada es universal. Cuando volví al departamento, al sofá verde, la mujer me dijo que no quería hablar más.
Ceci Palmeiro, mi amiga académica experta -entre otras miles de cosas- en locales vintage 3B, me llevó a Search & Destroy, a Tokio 7, Trash and Vaudeville. No me bastó.
Ya de noche, pasé por el lugar donde mataron a Marc y tomé unas fotos. Algunos humanos somos como los elefantes, necesitamos ver dónde murieron nuestros hermanos. Los otros son Videla.
Cenamos en un restaurante coreano con pulpo trozado y fideos de arroz anchísimos -tan anchos como los fuciles de Don Chicho en Villa Ortúzar-, especiados y picantes que daban hipo. Luego, una fiesta de la inquietante Sophía Lamar. Ceci me había hablado de ella, una trava cubana, balsera ella, autobautizada con ese nombre en homenaje a la mar. Un antro lleno de humo y de extras hermosos, de los que rescato un mongol de 23 años de un metro ochenta y pelo largo.
Lugar donde asesinaron a Marc

Día 8: http://www.youtube.com/watch?v=AE1ct5yEuVY Hoy decido cruzar solo hasta Brooklyn. Elijo desayunar algo bien típico en el primer lugar que encuentro. Unos huevos revueltos, tocino bien crocante, papas horneadas con cáscara y un pan delicioso, calentito. ¡Qué bueno es desayunar una cerveza en este calor tibio de primavera nueva!
Kevin me manda un sms. Quisiera verlo, pero mi melancolía no da como para bancarme sus 20´s. Tienen que hacerlo mierda unos cuantos más hasta poder llegar al silencio del abatido. El encargado tiene que putearlo unos cuantos años más, tienen que plagiarlo, cargarlo bien cagado, tienen que someterlo unos años más para poder estar charlando conmigo en esa mesa de manteles blancos crocantes, impecables, para poder entender el deseo sexual que me produce ver al cocinerito afro de 20 años, que sale de la cocina con delantal y todo -tan limpio y níveo como todos los géneros que nos rodean- para pedirle un cigarrillo al hijo del dueño, un chico rubio con gorrita negra con la inscripción NY en la frente. Hermosos los dos salen juntos a fumar en la vereda, al lado del cartel típico del lugar. Nada ha cambiado desde la guerra de secesión, hijos de putas.
No quieren salir en la foto; lo bien que hacen, mi género no es tan claro, supongo que es por eso.
Prístina mañana 



Día 9: Llueve. http://www.youtube.com/watch?v=D5P0v0kGauc La mujer que me alquila el cuarto recibió la llamada de su amante, que reapareció luego de meses. La soledad de esa ciudad malcriada debe ser atroz, sobre todo en invierno. Mierda que temor le tengo a la maldición de la soledad. Días y días me la imagino sentada en ese sofá verde, querida, amorosa, tan sola... días y días sin ver a nadie, sin asomar siquiera las narices a la calle. Que no atiende el teléfono, que no recibe ni a su padre, que no paga las cuentas, que ha desaparecido, me cuenta, que su amante se desvaneció en el aire. Como el mio, como mi amor, que se perdió en alguna carretera, que se fue destejiendo los nudos para nunca volver...
Flor primaveral en jardín comunitario "El Sol Brillante", en  E 12th street.


Día 10: http://www.youtube.com/watch?v=iO9tA8-kbk8 Hoy la lluvia nos da un pequeño respiro, un resquicio para ver el sol. Las garras del invierno evitan a la primavera instalarse cómoda en la ciudad. Como las maricas somos hijas del calor del sol, aprovecho mis últimos momentos para no ver a esta ciudad ultraretratada, contada hasta el hartazgo. De todos modos ¿A quién le importa lo que piensa de esta maravilla de ciudad un santiagueño hijo de un descendiente de sirios y de una britálica? ¡Si están matando a mis hermanos en medio oriente, aquí mismo, a la vuelta de la esquina y en Guantánamo! Todo para que esta maravilla del mundo siga fotografiando bien, para que Carrie Bradshaw haga shopping a sus anchas y Samantha Jones chupe pija tranquila, para que las maricas del mundo vengan a comprar los últimos i-phones, sex toys y la puta que los parió.
Nadie me dijo que para entrar a esta fiesta, mi última noche en Manhattan, debíamos subir en un ascensor. En Le bain, en la azotea del hotel Standard, Sophía Lamar ofrece unas fantásticas fiestas. Sophía es un fantasma que nos guía desde las sombras y nos da diversión nocturna. Sacudida del primer impacto de tener a semejante escenografía a mis pies, pedí un dark and stormy (Ron oscuro, cerveza de Jengibre y Amargo Angostura) en la barra y miré desde lo alto hacia los cuatro puntos cardinales. Pude ver que la exitosa demolición con mano de obra terrorista árabe dio origen a una nueva torre modernísima, la tercera más alta del mundo. El Grinder me indicaba que tenía locas a los cuatro costados, nos citábamos en el baño, como una novedad; tanta oferta te quita el hambre.
Solo, ya casi es hora de partir. Mi vuelo parte en unas horas. Miro la inmensidad... tantas luces, tantas vidas que transcurren en esos kilómetros caprichosos, entre bahías, islotes... y yo sin mi amor para abrazar, cuánto frío, cuanta humedad. Un amigo se acerca y me dice al oído: “No estás solo, ya vas a estar bien, es cuestión de sanar, sanar la falta, espera a que se forme el muñón, y volverás a volar”. Nunca lo olvidaré.

Con Ceci en Le Bain