miércoles, 5 de junio de 2013

Manhattan, Mayo 2013

                                                               Manhattan, Mayo 2013
Día 1:
“Mantenga el control sobre sus artículos personales. Si se hallan descuidados pueden ser revisados por personal aeroportuario; no reciba paquetes de extaños”, repite una voz femenina, una y otra vez en el aeropuerto de Miami, que parece más grande y frío en mi soledad. Ni las gotas homeopáticas me sacan la angustia que me provocan estos espacios militarizados donde la gente circula sin parar, sospechada de terrorismo. Para el sistema todxs somos posibles terroristas; lxs blancxs, lxs afro, lxs latinxs, lxs vikingxs: nos hacen descalzar, quitarnos los cinturones y nos “invitan” a meternos en una cápsula de cristal que alerta a todos cuando un jean tiene más cremalleras que el resto, o una es tan marica que osó colgarse un dije con una cadenita. Todo es peligroso, todo atenta contra la seguridad nacional.
Ya en el aeropuerto JFK de Nueva York, domingo trasnoche lluvioso, unas cuantas culonas -de ahora en mas sospecho que voy a ver muchas culonas- dos tipos altísimos y cinco o seis orientales esperamos las valijas al lado de las cintas transportadoras. http://www.youtube.com/watch?v=gDBZZ3uvimE Como sucede en Aeroparque y en la estación de micros de Retiro, hay largas filas de personas esperando un taxi. A mi me toca un auto enorme, tipo combi, manejado por un indú con turbante. Quienes dicen que los tacheros en Argentina son abusivos y te pasean, bueno, sepan que en Nueva York pasa lo mismo y se aprovechan de lxs turistas: te agregan más propina de la que corresponde y como todo es tan nuevo, tan automático con monitores touch screen en los autos y unx que se siente tan sudaca... te re cagan desde arriba del Empire State.
Llegué a la gran manzana con una barba crecidísima, una especie de mujer barbuda de pelo largo y flequillo, una data difícil de procesar hasta para lxs neoyorkinxs, acostumbrados a todo tipo de freaks. Llego al departamento en East Village. Llovizna, frio... clima inhóspito. La mujer que me alquila el cuarto me atiende semi dormida, me da un vaso con agua y las llaves. “Oye, Juan, si quieres comer, aquí a la vuelta tienes de todo”. Dicho y hecho, elegí un restaurante tipo árabe, con aroma a pan fresco, atendido por dos chicas que fuman en narguile.

Trasnochado y caliente, juro que visitaré un museo si y solo si pruebo carne yanki -cuatro días sin verle la cara a dios-.
No Pasar


Día 2: Me levanto temprano y salgo a buscar un chip local, para evitar que Personal me cobre lo que a ellos se les antoja por llamadas al exterior. Logro comunicarme con mis amigos que ya estaban en Manhattan. Alina Perkins, la cantante del grupo pop Lavial y miembra de las performers “Conchetinas” y su novio Nicolás Grimaldi -bajista de Miranda- ya hacía varios días que estaban en Nueva York, acompañados por Sofía Vítola, también de Lavial. Una vez contactados, salí de compras a lugares súper recomendados. http://www.youtube.com/watch?v=ybjpIt9oPuo El primer lugar, fue el local de Patricia Field, la estilista de Sex & the City. Una gran maricoteca exagerada de colores shocking, bijouterie de strass, gorras de baseball afeminadas y vendedores cool. Me atendió Kevin, un chico de no más de 20 años, hijo de Salvadoreños que no habla nada de español salvo que se sienta en confianza, según sus propias palabras. Vestido con un short de jeans mínimo, remera pupera y enormes zapatillas, Kevin fue el primer hombre -biológico- con el que hice contacto. Experto, sólo me mostró tres cosas: todas me iban perfecto, todas fueron adquiridas en ese mismo momento. En la caja nos pasamos nuestros facebooks, teléfonos y otros datos, mientras la cajera -un maricón anglosajón feo y amargado- sumaba las prendas. Celosa, cuando se percató de la onda que había entre vendedor/cliente, le recriminó el haber llegado tarde ese día y amenazó con echarlo. “Bad taste”, le dije, tipo indio, y me fui.
En la noche fuimos al Hotel Carlyle, a escucha y ver a Woody Allen con su banda. Tomamos unos tragos antes; debo reconocer que he tomado mejores Negronis en Buenos Aires. El maître nos preguntó varias veces si estábamos al tanto del valor de las entradas, le contestamos varias veces que si. Varias veces son cinco veces, demasiadas, primero pensé que era porque nos veía cara de sudacas, o de pobres, o era homofóbico, o travestofóbico -eramos dos mujeres travestis, un hombre hetero puto y un hombre travesti-. No. Luego entendimos que nos quería decir que era mucha plata para ver a Woody dormir hasta que le tocara su turno para soplar el clarinete. Soon-yi lo tiene a mal traer, nos dijo uno de los mozos. Ah, me olvidaba de acotar que todo el mundo habla español.
Woody Allen duerme en el Hotel Carlyle


Día 3: Me despierto de mal humor. Prendo la radio. http://www.youtube.com/watch?v=wRTZUw28ASk Leo las anotaciones mala onda que hice en mi libretita de recién separado: “¿Con quién me turno para cuidar las valijas mientras voy al baño?” “¿Quién me va a golpear la espalda si me atraganto?” “¿A quién le doy la mano en pleno vuelo?” “Cuando lo tuve, lo descuidé, me castigo, una y otra vez, gotitas, bolitas, pastillitas, nada me cura el alma marchita”. Me fumo un porro -la mujer que me alquila el cuarto se las rebusca vendiendo flores de cannabis de primera calidad- y nos encontramos con los amigos en el Central Park. Comí un pretzel con verduras bajo el sol, como en las películas. Todo en Manhattan es como en las películas. Pasamos por algunos negocios de música, compré el disco de Bowie que me había encargado mi hermana y me fui a descansar al cuarto. En la noche, recital en el Madison Square Garden. Entendí mal, pensé que era The Kills. Ya adentro, me desayuno que eran “The Killers”. Banda hétero aburrida con poco arte y menos innovación. Pero lo pasamos bien con las amigas. Terminamos comiendo en un restaurante chino, atendido por una loca oriental de pelo largo que nos invitó a una fiesta. Sigo sin coger.
Sigo en el 5G

Día 4: Las amigas me despiertan, no hay tiempo que perder. Me informan que hace calor, que la calle arde. La mujer que me alquila el cuarto escucha muy buena música, recordé y puse un disco de Jill Scott. Golden es una buena canción para empezar el día. http://www.youtube.com/watch?v=4QCXr79Rkcw. Abro el Grinder; se descontrola, se abren y se cierran ventanas; las locas aparecen como hongos por todos lados, nadie me interesa, todas musculocas, todas desesperadas, todas solas, toda soledad. La música feliz no combina con mi cara de “no cojo”. Me afeito, cambio la foto. A los minutos -no exagero, evidentemente hay algo con la barba- me saluda Greg, un muchacho relacionista público de 27 años que estaba muy cerca. 
Propuse a las amigas visitar el Metropolitan Museum, que según me avisó Laura Ramos por mail, acababa de inaugurar una muestra sobre el movimiento punk y su influencia en la moda. Lloré al ver el vestido de Alexander McQueen, lo admito. Extenuado tras recorrer parte del museo, volví al departamento de East Village. La dueña seguía brillando por su ausencia, así que aproveché para echar una mirada a su biblioteca. Un libro fotográfico sobre el punk me llamó la atención; un porro enorme y un decaf en vaso de pástico -tipo los que usaba Aly McBeal para beber café mientras caminaba-, me vinieron bien para bajar el ritmo. Sorpresa me llevé cuando en una foto central estaba mi locataria junto a otras miembras de una banda de chicas punkeras. ¿Qué pasó para que una bajista de rock callejero termine siendo una académica que gusta pasar horas del día compartiendo un jardín comunitario con una tortuga que come pasto y caga como si fuera un perrito? Las maricas me llaman para ir a comer a La Esquina. Ducha rápida y voy. Exquisitos burritos en uno de los lugares más exclusivos de Manhattan, donde se comen delicias mexicanas de parado; a menos que uno haya reservado para poder acceder al subsuelo, espacio -según cuentan- plagado de celebridades. Camino a casa, en un televisor le la noticia en el graph: habían matado a Marc Carson, joven gay afrodescendiente. Pasó muy cerca de donde estoy escribiendo estas líneas. Se me erizó la piel. ¿Aquí los medios hablan de inseguridad?
Salomé, por Henri Regnault, 1870. Metropolitan Museum,

Día 5: La mujer que me alquila el cuarto es muy silenciosa, como si ya hubiera hecho demasiada bulla en su vida. Tierna, pequeña, cálida, esta chilena amorosa me convidó con un decaff colombiano con leche de almendras avainillada y me hizo un lugar a su lado en un cómodo sillón verde. Quiero hacerte ver algo, dijo, y me señaló tímidamente su computadora. Poly Styrene, una chica hermosamente fea, dulce, canta “Germ free adolescence” http://www.youtube.com/watch?v=DGROSJbCPV8. Tomé su mano, escuché atentamente esa belleza salvaje, callejera, lloré. Me contó que Poly murió. Supongo que estará mejor donde está ahora, le dije, ya todo está tan para la mierda... Recordé a Marc, la loca que mataron el día anterior, por puto, por negro, por disidente, por ser un cuerpo extraño en esa ciudad malcriada, acostumbrada a los brillos dorados hollywoodenses. Porque Manhattan brilla tal cual como lo hace en las películas, Manhattan es una estrella en sí misma, es una estrella toda, toda puta, toda fina, toda perfecta, con los colores y los brillos donde deben estar y con los muertos en el placard. Hablamos de los amigos del punk, de Lux Interior y The Cramps, de Cid Vicious, de la extraña mezcla entre el reggae y el punk, de la que surgen bandas como Madness y The Specials, de la belleza andrógina de Siouxie, la masculinidad perversa de Billy Idol. Vimos fotos de chicos y chicas maquilladxs que posan al lado de rockolas, en tiendas de ropa, en sótanos incendiados, siempre cobijados incómodamente bajo la imagen pública negativa que tenía la movida en su apogeo. Muchachos afeminados, muchachos súper machos, chicas afeadas con tizne en la cara, chicas hermoseadas con purpurina y glow, todxs parecen felices, en medio de paredes mugrientas, mucho incendio en esa época; todos sobrevivientes excluidos de una sociedad en llamas. La mujer que me alquila el cuarto fue bajista, si, de una banda muy conocida y departió con todos los que veo en las fotos. Gozo, me identifico totalmente, pienso que cuando yo sea viejo veré fotos de mis amigxs con quienes jugamos tanto, mariconeamos y la rockeamos hasta descostillarnos de la risa. Escuchamos “Strange little girl”, le cuento que me siento muy identificado, que llegué a una ciudad muy grande siendo muy chico, que sobreviví, y que me siento ya un poco cansado. http://www.youtube.com/watch?v=PFmGV_UY548 Esa noche voy a soñar con Billy Idol y Jean-Jacques Burnel de The Stranglers me besan en la boca mientras Siouxsie me penetra con algo.
Foto de muchacha que toma foto a jóvenes que toman foto a la luna sobre el edificio

Día 6: Llueve. http://www.youtube.com/watch?v=9OFpfTd0EIs Me siento muy solo, triste, sin ganas de nada. Un porro, de nuevo, ahonda esa sensación de vacío, de falta. Billy Idol, amor mío, dónde está mi Billy Idol, dios mío ¿cuánto más te esperaré? Me hago viejo! No ves que me hago viejo esperándote??? Ya no me quedan más lágrimas por llorar.
Me miro al espejo, me pongo la ropa que le compré a Kevin. Pienso en él. No voy a molestarlo; él no es Billy, no es Jean-Jacques, ni Paul Weller. La llovizna es persistente, doy vuelta a la manzana y pido un decaff con leche de soja. Cruzo a un local de ropa vintage; me atiende una loca de más de 60, con la cara llena de cirugías, extranjero, con acento alemán o austríaco. Mi mira de arriba abajo y sin decirme una palabra me acerca del fondo unas perchas con unas camisas bordadas estilo far west increíbles. También trae unos pantalones ajustados de gabardina. Se lo agradezco en un escueto inglés. En el probador la ropa adquiere otra dimensión; todo parece estar hecho a mi medida; la loca me arregla cortésmente el pantalón, mete los dedos para probar si son o no mi talle, me toca el bulto, me dejo, no me importa, que toque nomás. Muchas gracias, me llevo ésto: son 220 dólares las 5 prendas.
Vuelvo rápido para corroborar que llegó una pareja de locas amigas: un hondureño descendiente de palestinos con nacionalidad norteamericana -chico genio que se dedica a crear apps para celulares que factura millones por cada aplicación que crea- y un peruano de un metro noventa, rubio, modelo, bello y gatuno tan malcriado como Manhattan. Las tres fuimos a pasear random, sin lugar fijo. Comimos unos sánguches de falafel que me hicieron acordar a los de milanga que comía en el Mercado Armonía de Santiago del Estero. El eructo de ambos es el mismo: ajo y perejil frito.
Por la noche fuimos a The Westway, un club cerca de una zona portuaria o algo similar. Entre los porros y la cerveza fui más acarreado que guiado. Camino al antro pasamos por una callejuela con una hilera de camiones de Fedex estacionados; cuando íbamos por la mitad de la formación salió una loca regordeta relamiéndose la boca. No pudimos ver al camionero, pero sospechamos que pudo dormir descargado esa noche. Los erectores de pezones vienen bien para caminar por esas zonas plagadas de camiones y camioneros calientes. http://www.youtube.com/watch?v=C2AxWPQVOBA. El antro estaba repleto de gente, en el medio, unas tarimas con chongos en pelotas. Las travas, los putos y las chichis circulaban alrededor como adorando esos cuerpos transpirados. Mucho de lo mismo, pensé, y salí a la calle. A doscientos metros, un muchacho afro de no más de 22 años descargaba un camión. Le sonreí, aunque no fuera Billy Idol. La vista de Manhattan desde arriba de un camión es algo inexplicable. Quise sacar el teléfono de mi cartera para inmortalizar el momento y el chongo pensó que iba a sacar un arma o algo así, por lo que terminé a pata, solo, a 35 cuadras del antro, al que tuve que volver caminando. Nadie me quita lo bailado.
Streapers en The Westway

Día 7: La mujer que me alquila el cuarto llegó justo cuando me desperté. Bajé rápido a buscar mi decaff; tenía antojo de muffin de banana con canela, que sabe igual al budín de pan de bananas que hacía mi tía Chola. Mientras esperaba mi café escuché que una mujer preguntaba al cajero si conocía un departamento grande, cerca de allí, para alquilarlo y así poder alojar durante una jornada de grabación al elenco de una publicidad. Me pareció adecuado -en Buenos Aires lo hacemos todo el tiempo- ofrecer el departamento donde estoy alojado, algo que le vendría muy bien a mi nueva amiga ex punk. Me miraron como se mira a un desubicado. Ups. Ahí aprendí que el estereotipo de productora morocha de tez pálida vestida de negro con anteojos de marco ancho y rictus de mal culiada es universal. Cuando volví al departamento, al sofá verde, la mujer me dijo que no quería hablar más.
Ceci Palmeiro, mi amiga académica experta -entre otras miles de cosas- en locales vintage 3B, me llevó a Search & Destroy, a Tokio 7, Trash and Vaudeville. No me bastó.
Ya de noche, pasé por el lugar donde mataron a Marc y tomé unas fotos. Algunos humanos somos como los elefantes, necesitamos ver dónde murieron nuestros hermanos. Los otros son Videla.
Cenamos en un restaurante coreano con pulpo trozado y fideos de arroz anchísimos -tan anchos como los fuciles de Don Chicho en Villa Ortúzar-, especiados y picantes que daban hipo. Luego, una fiesta de la inquietante Sophía Lamar. Ceci me había hablado de ella, una trava cubana, balsera ella, autobautizada con ese nombre en homenaje a la mar. Un antro lleno de humo y de extras hermosos, de los que rescato un mongol de 23 años de un metro ochenta y pelo largo.
Lugar donde asesinaron a Marc

Día 8: http://www.youtube.com/watch?v=AE1ct5yEuVY Hoy decido cruzar solo hasta Brooklyn. Elijo desayunar algo bien típico en el primer lugar que encuentro. Unos huevos revueltos, tocino bien crocante, papas horneadas con cáscara y un pan delicioso, calentito. ¡Qué bueno es desayunar una cerveza en este calor tibio de primavera nueva!
Kevin me manda un sms. Quisiera verlo, pero mi melancolía no da como para bancarme sus 20´s. Tienen que hacerlo mierda unos cuantos más hasta poder llegar al silencio del abatido. El encargado tiene que putearlo unos cuantos años más, tienen que plagiarlo, cargarlo bien cagado, tienen que someterlo unos años más para poder estar charlando conmigo en esa mesa de manteles blancos crocantes, impecables, para poder entender el deseo sexual que me produce ver al cocinerito afro de 20 años, que sale de la cocina con delantal y todo -tan limpio y níveo como todos los géneros que nos rodean- para pedirle un cigarrillo al hijo del dueño, un chico rubio con gorrita negra con la inscripción NY en la frente. Hermosos los dos salen juntos a fumar en la vereda, al lado del cartel típico del lugar. Nada ha cambiado desde la guerra de secesión, hijos de putas.
No quieren salir en la foto; lo bien que hacen, mi género no es tan claro, supongo que es por eso.
Prístina mañana 



Día 9: Llueve. http://www.youtube.com/watch?v=D5P0v0kGauc La mujer que me alquila el cuarto recibió la llamada de su amante, que reapareció luego de meses. La soledad de esa ciudad malcriada debe ser atroz, sobre todo en invierno. Mierda que temor le tengo a la maldición de la soledad. Días y días me la imagino sentada en ese sofá verde, querida, amorosa, tan sola... días y días sin ver a nadie, sin asomar siquiera las narices a la calle. Que no atiende el teléfono, que no recibe ni a su padre, que no paga las cuentas, que ha desaparecido, me cuenta, que su amante se desvaneció en el aire. Como el mio, como mi amor, que se perdió en alguna carretera, que se fue destejiendo los nudos para nunca volver...
Flor primaveral en jardín comunitario "El Sol Brillante", en  E 12th street.


Día 10: http://www.youtube.com/watch?v=iO9tA8-kbk8 Hoy la lluvia nos da un pequeño respiro, un resquicio para ver el sol. Las garras del invierno evitan a la primavera instalarse cómoda en la ciudad. Como las maricas somos hijas del calor del sol, aprovecho mis últimos momentos para no ver a esta ciudad ultraretratada, contada hasta el hartazgo. De todos modos ¿A quién le importa lo que piensa de esta maravilla de ciudad un santiagueño hijo de un descendiente de sirios y de una britálica? ¡Si están matando a mis hermanos en medio oriente, aquí mismo, a la vuelta de la esquina y en Guantánamo! Todo para que esta maravilla del mundo siga fotografiando bien, para que Carrie Bradshaw haga shopping a sus anchas y Samantha Jones chupe pija tranquila, para que las maricas del mundo vengan a comprar los últimos i-phones, sex toys y la puta que los parió.
Nadie me dijo que para entrar a esta fiesta, mi última noche en Manhattan, debíamos subir en un ascensor. En Le bain, en la azotea del hotel Standard, Sophía Lamar ofrece unas fantásticas fiestas. Sophía es un fantasma que nos guía desde las sombras y nos da diversión nocturna. Sacudida del primer impacto de tener a semejante escenografía a mis pies, pedí un dark and stormy (Ron oscuro, cerveza de Jengibre y Amargo Angostura) en la barra y miré desde lo alto hacia los cuatro puntos cardinales. Pude ver que la exitosa demolición con mano de obra terrorista árabe dio origen a una nueva torre modernísima, la tercera más alta del mundo. El Grinder me indicaba que tenía locas a los cuatro costados, nos citábamos en el baño, como una novedad; tanta oferta te quita el hambre.
Solo, ya casi es hora de partir. Mi vuelo parte en unas horas. Miro la inmensidad... tantas luces, tantas vidas que transcurren en esos kilómetros caprichosos, entre bahías, islotes... y yo sin mi amor para abrazar, cuánto frío, cuanta humedad. Un amigo se acerca y me dice al oído: “No estás solo, ya vas a estar bien, es cuestión de sanar, sanar la falta, espera a que se forme el muñón, y volverás a volar”. Nunca lo olvidaré.

Con Ceci en Le Bain




lunes, 14 de marzo de 2011

TENIENDO LA VELA

Existe un lugar en México, en esa franja de tierra conocida como el istmo de Tehuantepec, donde las travestis, llamadas muxhes como una derivación de la palabra mujeres, ocupan un lugar destacado en la organización familiar, en la sociedad y además tienen un día protagónico en noviembre, en la festividad de Las Velas, donde todo sucede gracias a ellas. Esta especie de paréntesis en la transfobia generalizada si bien no es un verdadero paraíso, en muchos detalles se le acerca bastante.


Diana, como una princesa originaria
foto: Juan Tauil
1. El baño de fuego
Fue Vicky, la mujer de Sol, quien ofreció llevarnos. Eramos la militante travesti Diana Sacayán, el performer chileno Víctor Hugo Robles y yo los afortunados que conoceríamos ese lugar llamado Ojo de Agua de Tlacotepec, manantial cercano a Juchitán, en el estado de Oaxaca, unas horas antes de ir a las famosas “Velas”, las fiestas de las muxhes.

Salimos de la ciudad en un antiguo sedán. Vicky nos miraba por el retrovisor mientras fumaba y reía con nuestras ocurrencias.

“En Juchitán, la homosexualidad se toma como una gracia y una virtud que proviene de la naturaleza”, afirma el escritor zapoteco Macario Matus. Se refiere seguramente a la existencia de las muxhes, objeto de culto, de curiosidad, estrella de las fiestas populares, motivo de nuestra visita a México en pleno calor de noviembre. Las muxhes son aquellas personas que, como describe la antropóloga Marinella Miano Borruso, “nacido hombre biológicamente, se desarrolla en el mundo de las mujeres, es hija destinada a la soltería y al cuidado de los padres, que reproduce, como las mujeres, la cultura tradicional y tiene vedado el ingreso al mundo masculino de poder y las decisiones, se vuelve gay, desborda los límites prefijados culturalmente, se autocelebra, exige reconocimiento de parte de las instituciones, exhibe la capacidad de manejo de la sexualidad masculina, produce e incorpora a la tradición elementos culturales propios”. En algunos casos, cuando hacen falta hijas y un hijo varón no expresa la “natural” agresividad de los varones, la misma madre cría al niño favoreciendo una serie de comportamientos atribuidos socialmente a las niñas. Por esto no es raro ver a niños muxhe menores de 10 años, acompañando a la mamá a vender en el mercado o aprendiendo de ella a bordar, agrega esta autora. Cuando uno se acerca mucho a Juchitán advierte que no estamos en el paraíso de las locas, que seguimos en México, en Latinoamérica, en este mundo. Lesbianas y homosexuales que no se travisten, no corren con la misma suerte. Contrariamente a lo que pensaba, la presencia lésbica es muy reducida: las únicas “ngu’ius” (lesbianas) que conocí son Vicky y Sol.
Ser lesbiana está considerado como una desviación o una enfermedad que jamás alcanza el status social del muxhe y generalmente es reprimida; las mismas palabras usadas para nombrarlas —”ngu’iu”, en zapoteco y “marimacho” en español— tienen una connotación despectiva que no tiene la palabra muxhe.
Lejos de la urbanidad, el camino se hizo más árido, con enormes distancias secas e islotes de palmares. De repente irrumpen algunos peñascos, donde los enormes cactus sobrepasan las plantas achaparradas que llegan hasta la vera del camino. Entre ese vergel surgen las aguas, como un tesoro escondido. Diana fue la primera en tirarse al manantial, un enorme piletón natural color turquesa. Se tiró desnuda, presa de una libertad inusual, virgen, originaria. Al verla recordé la leyenda que nos contó el día anterior Betty —la bioquímica del pueblo, amiga de las muxhes—, que narra los sensuales baños que la princesa azteca Coyolicatzin tomaba en esas albercas del color del cielo. Ahí mismo conoció a Cocijoeza, rey zapoteco, quien quedó prendado de su belleza. Con su matrimonio terminó la guerra que diezmaba hacía mucho tiempo a ambos pueblos. Diana nadó, rió, bailó entre los peces que acicalan a los bañistas como atrevidos dermatólogos. Inmortalicé ese momento Sarli con unas fotos, mientras Víctor Hugo gritaba: “¡Quítate el calzón, quítate el calzón!”, con una botella de cerveza en la mano.

2. Chicos, chelas y tacos
Tal griterío atrajo la atención de unos muchachos que se refrescaban cerca. En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos lxs tres tomando “chelas”, comiendo tacos y charlando con los desprejuiciados chicos de la zona. “Pos si vinieron hasta aquí, tienen que conocer los alrededores, lxs llevamos nosotros”, propuso uno de ellos, el líder del grupo. La camioneta era roja, ranchera, entramos sólo 9, número pecaminoso si los hay. Después de haber comprado varias latas de cerveza más, salimos del balneario, vimos pasar fincas, sembradíos, erectos machos cabríos. La volcánica excursión terminó para los lugareños en el puesto de tacos y para nosotrxs en la iglesia del pueblo. Llegamos adobadxs por tanto alcohol, pero con la energía intacta por la exorbitante cantidad de aderezos picosos que comimos a la sombra de las enormes carpas que rodean el manantial: tortillas con guacamole y sopa de pollo. En la entrada de la iglesia de Juchitán ya estaban esperando que comenzara la ceremonia algunas muxhes que, junto a varias mujeres, iban a desfilar, acompañando a los organizadores de la fiesta denominada Vela a recibir las bendiciones del párroco. El cortejo estaba ataviado con todas las galas típicas, haciendo honor a uno de los vestuarios más ricos de todo México: el traje tradicional istmeño. Adentro de la iglesia, los “mayordomos” —una muxhe y un hombre encargados de organizar durante todo el año la Vela— lucen también sus mejores vestuarios, se abanican sus lujos que refulgen al sol del mediodía y escuchan atentamente el sermón.


Amaranta junto a los nuevos mayordomos escuchan la misa.
foto: Juan Tauil


3. Amaranta Gómez Regalado
Ella es la mayordoma de la Vela que se hará en la noche y forma parte del grupo “Las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro”. Amaranta, por ejemplo, ocupa un lugar de jerarquía política por su acceso a centros de estudios superiores y tiene una formación profesional e intelectual que la llevó a postularse a un cargo político.
Las Velas son un festejo anual por los logros obtenidos para la comunidad, la corporización de la vocación solidaria de gremios u organizaciones sociales de diversas índoles.
El calor del istmo en pleno noviembre es insoportable, aunque la humedad es baja y los vientos constantes que azotan la región regulen la temperatura. El vestuario de las mujeres y de las muxhes contradice el clima; no así el de los hombres, que visten delgadas camisolas blancas y pantalón. El sermón del cura es bastante más permisivo en cuanto a la diversidad sexual que el de estas latitudes, pero no menos hipócrita, sobre todo en la parte en la que culpabiliza a los medios de comunicación de la discriminación, como si la Iglesia Católica no tuviera una tradición de 500 años al respecto. Cuenta una leyenda popular que Dios le pidió a Vicente Ferrer, santo patrono de Juchitán, que llenara un saco con homosexuales para que dejara uno en cada lugar por donde pasara, pero al llegar a Xihitlán (ahora Juchitán) tropezó, se le rompió el saco y todos se vaciaron ahí. Una vez terminada la misa, los mayordomos salientes entregan el mando a los nuevos —otra muxhe y otro hombre, ambos destacados dentro de la sociedad— y todos nos dirigimos hacia la puerta de la iglesia, donde ya se había armado el vistosísimo cortejo hasta la casa de Amaranta, en las afueras de la ciudad. Toda la sociedad deja sus quehaceres para salir a ver el cortejo, los hombres de la estación de servicio saludan a las muxhes, las mujeres que hacen las compras en el mercado sonríen al ver pasar la multitud.



Antes: Biniza Carrillo se prepara para la vela.
foto: Juan Tauil

Después: Biniza lista para la celebración.
foto: Juan Tauil


4. Las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro
Biniza Carrillo se mueve por las calles linderas al mercado de Juchitán como una verdadera estrella. Ella, como otras tantas muxhes, forma parte del grupo Las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro, que ya tiene 35 años y que cumple un rol social preponderante, como el de la educación sexual mediante la coordinación de encuentros juveniles y la organización de talleres educativos y festividades tradicionales. La mujeres atareadas la saludan como si fuera una vieja amiga y los muchachos piropean su andar matrón. Encontramos una mesa en un bar, pedimos tequila, unos tacos y salsa picante, y empieza la charla. “Ahorita yo tengo un novio, que es mío solo. Pero si tuviera novia no hay problema, lo podemos compartir, ya sea entre muxhes o con otras mujeres”, aclara. Una muxhe amiga, en la mesa de al lado, borda un huipil. “Nosotras nos encargamos de las cosas de la casa, somos muy hacendosas... y también somos buenas en otras cosas”, acota picarona. Muchas muxhes que son las hijas mayores de la familia toman una gran responsabilidad respecto de sus padres y hermanos: deben aportar económicamente y acompañar en el proceso educativo familiar. Pero estos roles que parecen sacados de la España franquista, que relegan al homosexual a ese lugar secundario, fue dando lugar a otro tipo de tareas más fuera del hogar, como la lucha contra el sida y cargos políticos y culturales de gran prestigio social.

Llegan Amaranta y Diana Sacayán, amigas activistas de muchos años. Mientras que Diana hace un trabajo territorial que consiste en agrupar, acompañar y organizar a las compañeras travestis de la zona de La Matanza, Amaranta coordina actividades que implican un traspaso de sabiduría de parte de las trans a la comunidad. Esa es la gran diferencia: en nuestro país todavía no se valoran los conocimientos culturales que una travesti puede aportar. En ello radica el gran paso en la aceptación social, aunque en la sociedad oaxaqueña aún persisten bolsones de heterocentrismo. Amaranta se suma a la charla: “Nuestro trabajo de prevención del VIH está centrado en la pertinencia cultural. Esto no significa traducir la información —sobre prevención, el acceso a información y a los insumos preventivos, del combate a la discriminación y estigmatización— de manera literal. Más bien es hacer un ejercicio de diálogo hacia adentro, intracultural, dentro de las propias comunidades para encontrar los conceptos y la manera de transmitir la información. La cultura oral nos construye y eso en nuestra lengua favorece mucho porque se transmite exactamente lo que tú quieres decir. Cuando lo transportas de otro lado, hay palabras que cuesta mucho traducir pues uno tiene que confrontar con valores preestablecidos de la propia cultura. A estas alturas no hay una cultura étnica pura, hemos ido cambiando y creo que hemos zapotequizado las cosas, nos apropiamos de lo externo sin perder nuestra identidad”. Kenia se suma al grupo, con su look más parecido a Ru Paul que a Frida Kahlo. Su maquillaje, las lentes de contacto de color, los tacos súper altos y su vestido de lycra evidencian la lucha cultural que se libra en esas latitudes, aunque la gran mayoría de las muxhes adopta la vestimenta tradicional. Ya está decidido que la próxima reina será Kenia, pues ya tiene el dinero para afrontar semejante responsabilidad”.
La reina saliente en casa de Amaranta.
foto: Juan Tauil

Muxhes en casa de Amaranta.
foto: Juan Tauil



5. Las muxhes y un lugar en el mundo
En el desfile de muxhes llamado “Regada”, ellas arrojan regalos a los presentes desde carrozas alegóricas; ollas, fuentones y otros utensilios para las amas de casa, y caramelos y juguetes para los niños. Así, las muxhes tejen un firme entramado con su sociedad desde una visibilidad asociada a momentos festivos de gran valor simbólico y tradicional. “Las muxhes me excitan mucho”, escuchamos decir a un chico de no más de 15 años que miraba extasiado el desfile. Es muy común que los varones jóvenes se inicien sexualmente con una muxhe o con un hombre homosexual. “Ya uno se da cuenta que los muchachos buscan más que un corte de pelo cuando se aparecen en la peluquería justo antes de cerrar; escojo a los que me gustan y les digo que pasen luego”, explica Fermín, peluquero masculino, alardeando de su estrategia a la que recurre muy seguido. Alvaro —esbelto mozo panameño que atendió a la delegación extranjera— se quejaba de lo difícil que es conseguir mujeres en Oaxaca. “Si te enamoras de una chaba, más vale que tengas mucho dinero, pues debes pagarle a la familia si tienes algo con ella, y mas aún si es virgen”, situación que explica el hecho de que la mayoría de los hombres debuta sexualmente o mantiene relaciones esporádicas o higiénicas con una muxhe o con otro hombre, una manera de cuidar la “etiqueta” de una mujer y de evitarse gastos con prostitutas. De hecho está bien visto que el hombre heterosexual tenga relaciones con otro hombre tras un intercambio de dinero, cerveza u otros bienes, siempre y cuando sea en el rol de activo. En ese contexto, las muxhes se erigen como maestras en las artes amatorias, suelen desvirgar a mancebos parientes o vecinos con la explícita autorización de sus padres. Por ello es que la gran mayoría de los hombres del istmo han tenido o tendrán en algún momento de sus vidas un acercamiento carnal con las muxhes, hecho que disminuye drásticamente los actos homofóbicos, aunque aún suceden casos aislados de travesticidios e intentos de robo o de violencia, como le pasó a una joven trans de la delegación extranjera a la que un agraciado joven en bicicleta engañó llevándola a un lugar apartado con sensuales promesas, y una vez ahí trató de arrebatarle la cartera que fue defendida con garras y dientes.


La reina saliente, se despide en la Lavada de Ollas.
foto: Juan Tauil

6. La fiesta inolvidable
Una vez que estuvimos vestidos con nuestras galas, fuimos en un taxi hasta la Vela, en una especie de estadio a menos de diez cuadras del hotel. Los taxis son tan baratos que eran un vicio corriente entre la delegación extranjera. Cada muxhe es la encargada de un puesto en la fiesta; ellas son las encargadas de invitar a personalidades destacadas de la zona, como médicos, bioquímicos, actores, políticos, músicos y activistas de todas las latitudes. Cada puesto entrega botanas abundantes, llenas de platos típicos donde redundan los camarones, las paltas o aguacates, tortillas de maíz de todas las formas, frijoles refritos, moles de pollo o de carne, pescado salado —una especie de charque muy común en el istmo—, empanadas de diferentes tipos y, por supuesto, las chelas o cervezas. La única paga para poder asistir a la Vela es un cartón de chelas, que puede ser Corona o Victoria. Se puede ver a los asistentes que entran a la fiesta de a dos, un hombre y una mujer o una muxhe; ellos son los encargados de llevar los cartones en el hombro izquierdo y entregárselos al puesto, donde se sumergen las botellas en enormes piletones de hielo, lo que garantiza una rotación constante de cerveza bien helada.



Amaranta, Diana y Mayordomo saliente
foto cortesía de Diana Sacayán

Las muxhes calculan que los asistentes superaron las 7 mil personas, provenientes de varios puntos cercanos a Juchitán. Hay dos escenarios enormes, uno en cada punta, en el que suenan grupos musicales de moda. En un momento de la noche, las principales representantes de Las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro suben a una enorme pasarela para presentar a las muxhes que participarán de la elección de la reina, muxhes venidas de todos los rincones de Oaxaca y de otros estados. La gran mayoría de las muxhes opta por usar la vestimenta típica oaxaqueña; algunas se visten al estilo occidental, con vistosos vestidos de cóctel. La ganadora tiene que estar dispuesta a invertir muchísimo dinero, ya que será la encargada de difundir la Vela del año entrante y para ello deberá usar vestuarios costosos, deberá viajar y representar dignamente a sus compañeras. La fiesta se extiende hasta entrada la mañana, momento
 en que se debe regresar para poder participar al día siguiente de otra fiesta: “La lavada de ollas”, que antiguamente se usaba para ayudar a los mayordomos a arreglar y limpiar el desorden de la Vela propiamente dicha. La lavada de ollas no es otra cosa que una nueva bacanal, pero esta vez empieza más temprano y se desarrolla durante el día. Las botanas son igual de abundantes que en la vela y las chelas siguen circulando a medida que los invitados ingieren más comida. El lugar es un poco más reducido y está decorado abundantemente, simulando una selva repleta de bananeros de cuyos troncos cuelgan racimos de bananas enormes. Amaranta y las otras muxhes están tan frescas que nos hizo preguntar si eran las mismas o éstas eran unas dobles. “Esto no es nada —aclaró Biniza—. Mañana viene la recalentada en casa de Amaranta.” Tal como su nombre lo indica, no es otra cosa que comer las botanas que sobraron de la lavada de ollas y, por supuesto, ingerir muchos litros más de cerveza.




domingo, 13 de febrero de 2011

Qué decir para nunca quedar mal en reuniones de gente como uno

Fastusos cócteles en capilla cercana a Lyon

1) Nadie quiere trabajar, no consigo servicio, prefieren quedarse en su casa por esto de los planes trabajar.




2)
- Ahora con lo del matrimonio gay que le dicen, todo puede pasar.


- No, yo conozco unos gays que se casaron y son re felices, es mi estilista, es un divino.


- Ah bueno, claro, hay gays que son buenas personas y que no van a poner en peligro la reproducción humana.


- ¡Es que ellos ya son estériles!


3)
-Si no pudieron los milicos con nosotros, menos lo van a hacer estos montoneritos.


-¿No era que los milicos estaban con nosotros, por eso no nos molestaban?


- ….


4) - ¿Viste lo que publicó Susanita en el Facebook?


-¡Si! lo mandó al frente al marido, ¡con el nombre de su amante y todo!


-Facebook no es para gente impulsiva.


5) ¡Qué linda estaba Valeria Mazza en la revista Caras!


6) ¡Qué fea la hija de Cristina! ¡Qué soberbia!


7) Todos los sindicalistas son patoteros.


8)
- ¿Qué pasa que ahora todos le pegan a Mirtha?


- Es porque ya está vieja.


- No, creo que es porque Cristina la censura.


9) Los peones rurales viven peor en sus propias casas que en nuestros campos de concentración.


10)
- Me cae re bien la mujer de Macri, es re piola, es re buena onda


- ¿La marca de ella, Awada, ¿no usaba mano de obra esclava?


- ¡Eran bolivianos!


- ¡Ah! Ojo, ¡igual la ropa es divina!


11)
- Abrió un local de sushi caliente en Punta.


- La piquetera Milagro Sala estuvo en Punta.


- Hoy van a caer soretes de Punta.


- Chupame la Punta.



viernes, 14 de enero de 2011

¡DESTRAVATE!



Foto: Sebastián Freire
  Germán, el remisero bombonazo pedido especialmente a la agencia, siempre tiene una canción para sorprenderme y esperó a que estuviéramos arriba del auto con la tía Pochola para poner play. Tomamos avenida Corrientes a las 7 de la tarde, hasta Medrano, con Zero de los Yeah Yeah Yeahs a todo volumen. La calle se proyectaba en los anteojos de la tía, yo ya iba fumadx y ella, seguramente, había empinado la botella de whisky a escondidas en el living. Cuando llegamos al Caras y Caretas, las plumas salían por las ventanas. Peligroso lugar eligieron para hacer el Destravarte 2010, pensé, mientras veía a los muchachos adolescentes que entraban y salían de los vestuarios para ir a la pileta climatizada del gremio Suterh. “Ese no es el baño”, me dijo una señorita que adivinó mis intenciones.
Mosquito Sancineto se paseaba revisando que todo estuviera en su lugar y lucía un raro peinado nuevo, muy al estilo magic troll. Susy Shock entrevistaba a Malva, en un escenario, recordando las peripecias juveniles de la octogenaria que rompe con el promedio de vida de las travas de estas latitudes. Mirá tía, ella está por publicar un libro, y vos todavía no terminaste de leer el Pájaro Espino, le recriminé. Antes de que me contestara una barbaridad, escuchamos las risotadas estruendosas de Vanessa Show, acompañada por una trouppe de putos y travas legendarixs como la Oggi Junco, Gustavo Ros, Ana Lupes, La Solá y algunos fanáticos que se fotografiaban entre lentejuelas y canecalón. Las paredes estaban tapizadas de arte: pinturas de Elena Tabbita y de Peti Sui, fotografías de Sebastián Freire y Marina Acosta. ¿Esx es mujer o varón?, preguntaba la Pochola, portadora de unos bigotes envidiables.
Territorial, la Show se encaramó en un sector de la platea, por lo que las otras travas tenían que hacer un rodeo si querían pasar cerca sin ser escrachadas: “¿Te olvidaste la letra?”, le preguntó a la Demetrio Arias; “Vos callate –a Martin Kent- que te hundo el Titanic”, “De acá me voy con un escribano –a Mosquito- llevándome ese video divino que hicieron sobre mi carrera”; la diva no paraba de tirar titulares y amenazas, ni la Shock se salvó de recibir un abanicazo. Golpeada, Susy buscó consuelo en Julia Amore y se quedaron hasta la entrega de reconocimientos.
Lohana Berkins y Norma Gilardi, en primera fila, festejaban los chistes de uno transformistas más célebres de la noche porteña como Guillermo Gil, se admiraron del magnífico cuerpo de Alejandra Deroux y aplaudieron a rabiar los discursos, sobre todo cuando Vanessa Show recordó los vejámenes policiales que sufrió y que ahora ve, desde su olimpo travesti cómo “los canas se casan entre ellos”.




martes, 4 de enero de 2011

Pero que las hay, las hay...

"Aquelarre", Francisco de Goya y Lucientes, 1789
[María Marta, la actriz travesti de la obra de teatro “Días de Libertad”, me esperaba impaciente en Santiago. Recordé el momento en que tomó confianza y me adivinó la suerte: “El juicio que esperas ya va a salir, ellos tienen que pagar”, me dijo.]


El calor me abrazó potente en mi tierra, por lo que el encuentro con la bruja debía ser entrada la tarde para aprovechar así la frescura de la oscuridad. Antes de verla tuve que cumplir con algunos requisitos como baños calientes con miel y perfume para mejorar la receptividad y un giro de dinero por adelantado para que ella pudiera comprar la exótica miel de palo, velas hechas a mano, hierbas como ortiga, juncos flexibles, quebracho blanco y colorado para afianzar los “trabajos”, la tusca que cicatriza todas las heridas, el pasto ruso que fortifica y da abundancia… elementos necesarios para un buen “despacho”.
Pasé a buscar a María Marta por la peluquería donde trabaja, “Marta Coiffeur”, local pintado de verde eléctrico tipo Matrix a metros de la plaza principal de la ciudad. Salió a recibirme apurada, con el pelo mojado, recién teñido de un amarillo anaranjado. Sus compañeras de trabajo salieron a despedirla, intrigadas por mi visita. A pesar de los años su cuerpo se contoneó con gracia para subir al auto no sin antes acariciar uno de los faros delanteros, como parodiando una publicidad de televisión.
- ¡Ay nena que bueno que viniste! ¡No sabes los calores que estuvieron haciendo aquí! Te cuento que todo está marchando bien, ellos tienen que pagarte, saben que tienen que pagarte. Yo le estuve pidiendo a los fieles difuntos, a los espíritus del monte, a los animales. ¿Me conseguiste el perro?
- ¿Qué perro? No me dijiste nada sobre un perro.
- Ah. Bueno, necesito un perro para el despacho. Pero no importa, lo podemos usar para el año que viene para el despacho importante.
- ¿Pero para qué un perro? ¿No lo vas a matar no?
- No querida jaja, ya se me ocurre tener que matar un perro. Bueno, una perra sería mejor… lo que hago con la perra es ponerla de penitencia así sale el trabajo.
Cuando entramos al patio de la casa de María Marta los pájaros estaban adormecidos, ya dentro de sus nidos en las pajareras.
- Pasá Juancito, me gritó mi amiga hechicera desde la pieza.
Pasé por el comedor, donde estaban, a la mesa, la mujer del hijo, dos niñas y un niño pequeño, comiendo bife con puré.
- ¡Llevate a uno a Buenos Aires, pero al chiquito no, que es mío…! Gritó y se rió a carcajadas.
Se preparó como para empezar la ceremonia ahí mismo, entre plumas, lentejuelas y posters de jesucristo. Contrariado, le recordé que me había prometido hacer el trabajo en el monte, cerca de un curso de agua. Le dije que me parecía divertido irme con ella en la moto hasta algún paraje lejano donde pedir por mi suerte. Me contestó que la moto estaba rota, que uno de sus hijos la estaba arreglando, así que fuimos en mi auto hasta la costanera remodelada donde ahora hay un gran basural.
Caminamos entre los yuyos y encontramos un claro en medio de los matorrales. Ahí María Marta prendió un cigarrillo y me hizo parar en el centro con ambas piernas abiertas y los brazos apenas separados a los costados. Tomó unas plumas de pavo real, unas de la cola de esos pájaros que crían solamente los monarcas y las ató con una cinta roja furiosa. Con ella empezó a hacer movimientos ascendentes y descendentes sobre mi cuerpo, entre las axilas y la ingle, y me entregó el amuleto improvisado hecho un bollo con la condición de que lo tirara hacia atrás y que no viera el lugar donde caía. Atento y expectante le pregunté que más íbamos a hacer. Hizo una larga pitada y se agachó a buscar entre los utensilios que había traído dentro de una bolsa de plástico y encontró otra cinta de raso rojo, idéntica a la que tiré en el agua junto a las plumas. Subió la botamanga de mi pantalón y la ató a mis tobillos. Me dijo que la tuviera conmigo por quince días, que me la sacara sólo para bañarme. Conjuró a los difuntos y a los animales del monte, a las fuerzas de mi tierra salamanquera. Maldijo a los que me hirieron e iluminó y glorificó mi energía.
- Vos siempre sentite como el mejor. Yo soy asi. Sé que cuando yo llego a un lugar, aunque esté lleno de yeguas, la Marta es la Marta. Yo te he visto y me di cuenta de que íbamos a ser buenos amigos, yo cuando me encariño con la gente soy muy de llamar, de ver cómo andan, qué andan haciendo… a mí me preocupa que tengas auto en Buemos Aires, con todas las cosas que están pasando.
- Gracias Marta, pero yo no tengo miedo. Nada me ata, nadie me ata, soy una persona muy libre. Voy a pedirle por vos a San Jorge, para que sigas siendo libre, como cuando estabas en el vientre de tu madre.
Nos despedimos y prometí verla al día siguiente para entrevistar a la actriz y militante travesti Luisa Paz. Ya en la cama, antes de dormirme, me di cuenta de que la cinta había desaparecido….


martes, 2 de noviembre de 2010

Dejame que te cuente

Foto: Sebastián Freire
Claudia Vázquez Haro nació en Perú, en una familia conservadora, y estuvo pupila en un colegio católico sólo para hombres hasta que la expulsaron. “Migrante y con sexualidad diversa”, como ella se describe para hablar de sus vulnerabilidades, está a punto de terminar la carrera de periodismo en la Universidad de La Plata y sueña con publicar un libro que reúna los textos que se producen en su taller de escritura, donde se trabaja la problemática trans en primera persona..









¿Cómo fue tu niñez?
—Nací en Perú, en el norte, en Trujillo, una ciudad con casi la misma cantidad de habitantes que La Plata, en el seno de una familia trabajadora, de pobres con suerte, todos con estudios universitarios. Hice la primaria en un colegio de monjas dominicas, mixto, donde mañana, tarde y noche tenía instaurado el discurso religioso, con ese ascetismo, las buenas costumbres, orden para el estudio. Luego pasé a un colegio sólo para varones, el San Juan, uno de los más prestigiosos del país. Ahí empezaron los problemas con mis compañeros.

¿Vos querías ir a ese colegio?
—Sí, porque era un colegio que te daba prestigio, donde los hombres salían listos para responder a los cánones dominantes: inteligentes, de clase media, burgueses, con instrucción pre-militar y educación religiosa. Yo siempre cuestioné esos discursos; no los reproduje y ahora los uso para fundamentar lo que no soy.

¿Y cómo te las arreglabas para sobrevivir si eras tan revolucionaria?
—Yo era muy delicada, con mucha facilidad para el estudio. En Perú, quien tiene el promedio más alto se convierte en brigadier, como en los cargos militares, algo así como el encargado del orden dentro del aula que anotaba los nombres de los que se portaban mal y eran amonestados, castigados con cosas como flexiones de brazos. Empecé a estudiar para tener más poder desde el conocimiento, para evitar ser castigada y llegué a controlar esas listas de nombres. Pero mi sexualidad pulsaba por salir, ya tomaba hormonas, en las horas de educación física no quería sacarme el equipo de gimnasia por temor a que vieran mis piernas sin vello, mis pechos que empezaban a inflarse, me tenía que fajar, esconderme, mimetizarme para que no me descubrieran.

¿Te enamoraste en esa época?
—Sí, mi primer novio lo tuve en el colegio San Juan. El era muy lindo, tenía un look muy intelectual, era bueno en matemáticas, se llamaba Percy y estudiábamos juntos. Todo fue muy natural, un día fuimos al cine juntos y él puso su mano sobre la mía, yo tenía 15 años. Yo iba a su casa, su madre trabajaba, nos quedábamos solos, la primera vez que me dio un beso pensé que me había quedado embarazada. Fui corriendo a contarle a mi hermana, me acuerdo de que lloraba mucho. “¡Los hombres no quedan embarazados!”, me dijo. Imaginate mi inocencia, sumada a todos los mitos religiosos, tradicionales católicos conservadores.

¿Y el mito del sexo dentro de los colegios de varones solos?
—Yo no era ni moralista ni tradicionalista, era tímida. En el colegio nunca tuve relaciones, sí sé que mis amigos tenían sexo en el baño, imaginate, iban al jardín, al taller mecánico... Había sexo grupal, recuerdo que una vez me dijeron que en el playón estaban varios chicos con uno de otra aula. Los profesores no se quedaban atrás: yo tenía un profesor de Literatura con un doble discurso, siempre me decía que me parecía a Fedra López cuando ni siquiera estaba totalmente feminizada. El ya me veía mujer. Me acosaba, pero nunca accedí.


¿Cómo fue el acoso institucional?
—“Comportate como hombre, hablá como hombre”, eran moneda corriente por parte de los profesores y algunos compañeros, hasta que en tercer año un chico me vio desnuda en el vestuario y empezó a gritar: “¡Vázquez tiene senos!”. Se armó un escándalo, me llevaron al OBE (Orientación y Bienestar del Educando) y llamaron a mi madre, le dijeron que habían elegido el colegio equivocado, que me llevaran a otro porque éste era estrictamente para hombres. Le “aconsejaron” que me sacaran sin decir nada, que si ellos me expulsaban iban a causar un daño mayor porque no iban a recibirme en ningún otro colegio. Nunca me voy a olvidar el nombre de esos profesores que me expulsaron: Núñez y Ríos Viteli. Mi madre era muy joven, no entendía nada de lo que pasaba. De ahí me llevaron a una zona de sierras, a un colegio alejado con 10 alumnos, y para llegar a él tenía que caminar una hora de ida y otra de vuelta, subir a un cerro, cruzar un río por un tronco de árbol.


¿Lo sentiste como un castigo?
—Claro, es más: yo tenía un tío cerca de la escuela, podía quedarme a comer ahí, pero mi padre no me dejó, sentí que mi familia se avergonzaba de mí. Me mentalicé en que tenía que terminar los estudios, como hicieron mis hermanos, todos profesionales, menos uno que es comerciante. En ese momento dejé de hormonizarme, me anulé hasta lograr mi objetivo. Cuando volví a Trujillo, me decidí a entrar en la universidad, empecé dos carreras y no me gustaron, mi padre quería que yo siguiera con sus negocios, deseaba que yo fuera su sucesora. Dejé todo lo que ellos querían que yo estudiara y me dediqué a la peluquería.

¿Qué pasó cuando te fuiste?
—Era muy controlada por mi familia, mi padre era muy autoritario, un orden militar, todo cronometrado. Cuando me fui, me quedé en casa de Omar, mi amigo peluquero, aprendí todo el oficio y me mudé a Cajamarca, una zona donde no había muchos centros de belleza. Justo en ese momento la situación económica de mis padres empezó a decaer y a mí me iba muy bien en el negocio; me llevé a mi mamá conmigo, para que me ayudara. Llegué a tener doce personas trabajando para mí. Después se vino un hermano conmigo, era una especie de “plan recuperación familiar”, todos menos mi padre, que quedó descolocado, hasta que aceptó la realidad y se vino con nosotros. Al mismo tiempo participaba en desfiles, concursos de belleza. En la mayor parte del Perú, salvo Lima, la travesti o la trans no se prostituyen porque su cuerpo carece de valor al momento del intercambio. La operación del catolicismo y del machismo es tan fuerte, que si una trans quiere tener sexo con un hombre, tiene que pagar. El prejuicio desvaloriza esos cuerpos a tal punto que son sólo ornamentos que se deben dedicar a la peluquería, corte y confección, siempre servicios, ni hablar de considerarnos como productoras de conocimiento.


¿Cuándo te viniste a La Plata?
—Me vine a los 26 años, porque una hermana mía ya vivía aquí. Esa decisión la tomé porque no estaba dispuesta a estudiar tanto para prostituirme, para sufrir la violencia policial. Sabía que en la Argentina todo era diferente. Hice cursos de perfeccionamiento en peluquería, hice oratoria, protocolo y ceremonial, relaciones públicas, hasta que conocí a un empresario que producía televisión, armamos dos programas televisivos, yo me encargaba de vender publicidad. Ahí me di cuenta de que me gustaban los medios y decidí inscribirme en la facultad. No lo hice antes por miedo a que me llamaran por el nombre en el que figuro en el documento. Igual eso pasó; cuando me fui a inscribir, la secretaria me dijo: “El trámite es personal, el chico tiene que venir a inscribirse”. “Soy yo el chico”, le dije. La secretaria se disculpó y me anotó.



¿Cómo te recibió la facultad?
—El primer día de clases, mi hermana y mi madre —que se había venido del Perú especialmente— me esperaron en la puerta de la facu. Les dije: “Si vuelvo en 20 minutos, soy una perdedora”. Se cansaron de esperarme, me quedé, lo logré. Tengo que confesar que cada vez que pasaban lista era el terror, una sensación terrible. Después entendí que la gente no tiene la culpa, son las falencias institucionales las que no nos tienen en cuenta. Entré en la carrera de Periodismo y Comunicación Social. La facultad es mi casa, estoy en el lugar indicado, con las personas indicadas. Me manejo por los pasillos, voy, vengo, me siento muy cómoda. Obviamente los chicos que entran a primer año supongo que se shockean al verme, pero después se acostumbran, imaginate, muchos vienen del interior. La gente que conocí en este tiempo ha ido creciendo junto conmigo; por ejemplo, yo trabajé con la actual decana antes de que asumiera el cargo, tuve mucha contención, la necesaria para personas como yo, migrante, con sexualidad diversa, todas en contra. Me acuerdo de que en segundo año tenía problemas con el pasaporte, temía no poder inscribirme y la secretaria académica dijo: “Los problemas del pasaporte se solucionan en Migraciones, aquí se viene a estudiar, el estudio es para todos, inscribite”.


¿Afuera es muy distinto?
—La gente todavía se codea cuando paso cerca. No me causa molestia sino que me da pena que algunos no entiendan. Todavía hay lugares donde no me dejan entrar en La Plata.


¿Por ejemplo?
—Algunos boliches. Cuando mis compañeros me invitan a bailar, no voy; ya me dijeron que no entraba a algunos lugares. Una vez fue patético, porque había ido con la dueña de una peluquería donde yo trabajaba hacía poco. El patovica no me dejó entrar y le dijo a la mujer que yo era una quilombera. Le pregunté por qué dijo eso si no me conocía, dije que ella era mi jefa y podía perder mi trabajo. El portero terminó reconociendo que era porque yo era trans. No veo las horas de que con la nueva ley de medios yo pueda tener un espacio y escrachar a esta gente.

Contame sobre tu taller de escritura...
—El taller “En el papel tod@s somos tinta” surgió luego de muchos trabajos sobre el tema trans que yo venía haciendo desde tercer año. Yo conozco a todas las trans de la zona, no me quedo en lo académico, tengo mucho trabajo en el territorio. El libro La gesta del nombre propio, de Lohana Berkins, me ayudó a entender las problemáticas que nos atraviesan, el estado de vulnerabilidad, la falta de derechos. Entonces decidí darles herramientas a las compañeras para democratizar la palabra, me pareció importante adecuarnos a la nueva ley de servicios audiovisuales, poder escuchar relatos en primera persona. En el primer taller que fue de abril a junio éramos 16 personas, entre ell@s seis trans. El año que viene volveremos a hacerlo, queremos publicar un libro con los trabajos.

¿Vos pensás que abriste alguna puerta?
—Sí. Por ejemplo, Shirley, una de las alumnas del taller, ingresará a la facultad de periodismo el año que viene. En 2008 hice que la facultad respete mi nombre propio y que éste figure en todas las listas. Con este taller la interacción generó el interés de estudiar; otras facultades, como una de Córdoba y Rosario, se interesaron en este tipo de talleres.


¿Pensás que con la operación de reasignación de género y con el nombre en el DNI basta?
—No, menos mal que no me operé.

¿Por qué decís eso?
—Yo digo que ser mujer no se reduce a la genitalidad. En un momento me iba a operar, pero por los demás. Yo no lo sentía.

¿Vos querías ser mujer?
—¿Y qué es ser mujer? Eso me hace ruido. “Soy una mujer que no se reduce a la genitalidad”, es una estrategia que uso para explicarme, aun sabiendo que el concepto mujer está en crisis. Me parece que ser mujer es mucho más que una vagina, la maternidad, ese fundamentalismo marcado por la biología, ya que no todas las mujeres son iguales.

Nota publicada en Suple Soy de Página/12

viernes, 8 de octubre de 2010

La fiesta prometía ser un burdel lleno de chongos militantes k. A sabiendas de que son ellos los más lindos, comprometidos, con dosis casi perfectas de testosterona, inteligencia, guarrez y conciencia social, me puse unas calzas, remera con estampado warholiano, ojos delineados y media cola. La Budassi me esperaba en su depto, para la previa, con cerveza y chocolates venezolanos. Nuestros cuerpos no evidencian estos desordenes alimenticios, salvo por el ataque de salado que me tomó por sorpresa en la cocina de la fiesta. Soña lo contrarrestó con un sándwich con queso crema hecho a las apuradas.
Volvamos a la previa. Tres chicas y un puto hablamos de cine, estereotipos, Dolores Fonsi y experiencias con MDMA. La Budassi se pinta, se peina, lo hace rápido, lo hace bien. Todas en el auto y en un santiamén estábamos en Perón al 1719, dirección que remite al día memorable (17) de octubre: 1+9=10 y que de ahora en más será recordada como el lugar donde no encontré mi Valentín –lo digo por el personaje de Puig y no por la bazofia yanqui-.
Ya la fiesta había empezado, gente por todos lados, whisky, cerveza, chicas peronistas muy monas y muy entacadas charlan animadamente. Algunos militantes aportan ideas sobre qué música poner en la compu, desde “Amar azul” hasta “The Cure” pasando por “Flock of seagulls”, “La pollera amarilla” y la marcha peronista. La canté, lloré, me acordé de mi abuela, trabajadora de ENTEL, a quien Mirta Legrand le fue lavando el cerebro, en dosis justas de burguesía, menemismo, fascismo y spray para el cabello.
Dos baños: ocupados. Pasillos abarrotados de gente que hace cola para todo. ¿Y Kate Moss? Cuatro charlan sobre las mujeres escritoras, Budassi milita, yo escucho. Alguien nombra a Dani Umpi, todo bien con él pero reducir la producción gay nacional a Umpi es una afrenta que sólo puede tragarse con un buen vaso de whisky, servido por un chongazo pelilargo. ¡Encima es uruguayo che!
“Dancing with myself”, coincidencia entre Billy Idol y yo, aunque a veces alguna de las chicas se acercó para bailar un poco algunos hits de los ochentas. El milichongo, cero, nada, nunca visto. Mucho no me importa, tengo novio, pero igual che, que mala onda, sólo un par de muchachos se animaron a hablarme. A uno se le escapó una mano y me tocó la cintura para explicarme algo, no se dio cuenta, yo si. Todavía tengo la sensación de ese acto espontáneo e irreflexivo de sus dedos que irrumpen en mis suaves laderas.
Pasó el tiempo. Pasó la noche. Y nada.
Me volví a casa pensando en Perlongher: “No queremos que nos persigan (…) ni que nos toleren, ni que nos comprendan: Lo que queremos es que nos deseen”. Ya llegará, pensé, y me dormí.